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19 de mayo de 2015

PREMIOS LITERARIOS IES FUENGIROLA Nº1 2015

    Aquí podréis disfrutar de los relatos cortos ganadores de este año.


CORAZÓN CON ALAS
Capítulo 1 : Recuerdos.

Si Éthalos  no hubiese sabido que aquello estaba mal, se habría quejado, habría convocado una junta e incluso se habría indignado por tal acusación; pero desde el principio había sabido que lo que había hecho estaba penalizado con el mayor de los castigos, La Caída.
Aquello era la expulsión del Paraíso y la transformación en demonio, el mayor de los deshonores para un ángel. Pero todo aquello había dejado de importarle al ángel cuando conoció a Camille.
Todo había comenzado como un día cualquiera, aquel mes le tocaba a él revisar el pueblo donde se encontraba la puerta al Paraíso de su Dios. Él servía a uno de los miles de dioses que existían en la cultura de los humanos. Como era habitual lo habían prevenido de la belleza natural de las mujeres humanas y le habían prohibido expresamente que se acercara a ninguna de ellas, pero en aquella ocasión el joven ángel no hizo caso a los consejos.
La había conocido mientras ella se dirigía hacia el bosque y al ángel le había llamado la atención que fuera sola, como si algo lo atrajese había ido tras ella. La había seguido hasta un pequeño manantial donde ella había sumergido la cabeza y había rezado en voz baja, tal vez buscando la cura para alguna enfermedad de un familiar. O eso había pensado Éthalos hasta que la vio de frente. Era hermosa, de cabellos pelirrojos, esbelta y de finos y pálidos rasgos, pero sus ojos estaban ocultos por una acuosa película azul; era ciega.
Éthalos, tal vez conmovido o tal vez curioso, se había acercado a la muchacha.
—¿Cómo te llamas? —había preguntado el ángel.
La joven mujer alzó las manos al aire, sin saber dónde se encontraba el muchacho. En aquel momento Étahlos supo con certeza de que ella no sabía que era un ángel, con cuidado le dejó tocar su rostro. Sintió sus dedos recorrer su cara, con cuidado y lentamente; tocando cada hueco. De pronto paró en seco.
—¿Te conozco? —dijo ella, con un matiz de terror en su voz.
—No, no me conoces —contestó Éthalos  con cuidado.
La joven asintió.
—No tengo dinero y soy ciega, no puedo ofrecerte nada —dijo la muchacha y caminó hacia el sendero.
Éthalos la siguió.
—No quiero nada de ti, solo saber tu nombre.
La joven se dio la vuelta, y de alguna manera que ni el ángel logró entender, su mirada desprendía fuerza.
—Me llamo Camille, vivo en el pueblo de ahí al lado, si grito me escucharán.
Pero a Éthalos no le importó aquel comentario.
—¿Naciste ciega? —preguntó con descaro.
El rostro de la joven se contrajo en una mueca de dolor, asintió.
—¿Qué quieres? —dijo Camille y el ángel notó el dolor de sus palabras.
Fue en aquel instante, mientras miraba a la simple humana, cuando Éthalos supo que se había enamorado de ella; comprendió entonces que cada vez que la viese se enamoraría más profundamente.
—¿Sabes lo que es un ángel? —dijo él.
Camille asintió guiándose hacia él con recelo.
—Yo soy uno, es más, soy uno de los mensajeros del Dios en el que crees y al que le pides cada día que te de la visión que perdiste cuando aún no habías nacido. ¿Me equivoco?
Los ciegos ojos de Camille se habían llenado de lágrimas.
—Lo ángeles no existen —susurró la muchacha—.  Si existiesen no sería ciega.
Éthalos sintió su corazón desgarrarse y se acercó a Camille hasta sentir su aliento; con cuidado, cogió sus manos y las llevó hasta sus alas.
—Existo y pienso ayudarte.
Camille había dejado de llorar, pero aún sollozaba de emoción.
—Gracias —susurró y lo abrazó.

Los meses siguientes habían pasado con rapidez, Éthalos visitaba a Camille cada pocas semanas y charlaban al lado del río, pero nunca le había dicho que aquello que hacía estaba prohibido y podría traerle graves consecuencias.  Con el tiempo la joven había terminado enamorándose profundamente de él y al cabo de medio año Éthalos le dio una sorpresa.
—¡Camille! Traigo muy buenas noticias —dijo el ángel, mientras aterrizaba en la orilla y se sentaba al lado de la joven.
Camille estaba sentada en la orilla del río, con los pies metidos en el agua. Alzó una mano y al tocar la del ángel se tranquilizó.
—¿SÍ?
—Desde que te conocí he estudiado magia de curación y creo poder curar tu ceguera —dijo el joven con la emoción contraída.
Camille se levantó como impulsada por un resorte.
—¿De verdad?
—Sí. Déjame intentarlo.
Éthalos cogió las manos de Camille y las puso sobre sus hombros, luego llevó las suyos al rostro de la joven y de ahí, a sus ojos. La muchacha se estremeció de terror.
—Confía en mí, Camille.
Éthalos se sumió en una oración en un extraño idioma y con paciencia y cuidado movió las manos sobre los ojos de la joven.
—No abras tus ojos hasta que te lo diga —dijo el ángel y se apartó de ella.
Alzó la vista al cielo y luego la bajó lentamente hasta los ojos cerrados de Camille.
—¡Ahora! —dijo Éthalos deseoso de ver los resultados.
Camille abrió despacio sus ojos y su rostro se iluminó, como ninguna de sus sonrisas podría haberlo hecho. Dejó escapar un sonido cargado de emoción y luego se llevó las manos a los ojos y lloró, lloró de alegría  como nunca. Éthalos estuvo allí con ella, abrazándola y consolándola, aquel día los unió como nada podría haberlo hecho.

Capítulo 2: Caída.
Éthalos se había emocionado de recordar aquello, algo que había sucedido hacía ya cuatro años. Pero el joven ángel sabía que estaba perdido y, sobre todo, que no volvería a ver a Camille. Era esto último lo que más le dolía, más incluso que perder sus alas y sus privilegios como ángel. Uno de los ángeles mayores lo llamó, se encontraban al filo de un acantilado. Bajo ellos solo había nubes.
—Éthalos, hijo de Erel y Cared, como vigilante te destierro a la tierra como demonio. Te alimentaras de todo cuanto halles a tu paso. Durante la mañana serás un simple diablillo, al mediodía estarás lo más cerca de un ángel que se te conceda y al atardecer te convertirás en una bestia y devorarás todo y a todos.
Éthalos lo escuchó con la mirada baja y al terminar el discurso levantó las vista y miró a los allí presentes.
—Yo me convertiré en un horrible ser, pero al menos habré conocido lo que es amar —dicho esto, Éthalos sonrió y se lanzó al vacío.

Camille se sentía sola desde la desaparición de Éthalos y el joven ni siquiera le había mandado ningun mensaje. Se sintió desamparada y sin decírselo a nadie se dirigió al lago del bosque. Había llevado en secreto su amistad y más tarde su romance con el ángel; él nunca le había hablado de lo que podía pasarle si los pillaban juntos, pero Camille sabía que podía haber consecuencias. Aún así Éthalos había acudido a todos sus encuentros o al menos había sido así hasta hacía algunas semanas. Camille sintió la bilis en la garganta y los ojos llorosos, si Éthalos moría o si le pasaba algo, ¿qué haría ella? Se quedaría sola y sabía con certeza que no podría volver a enamorarse.
Se sentó a la orilla del río y metió los pies en el agua. Se llevó las manos a la cara y lloró, encogida sobre sí misma, porque sabía de alguna forma que algo le había pasado a su ángel.

Pasaron varias semanas y Camille seguía sin saber nada de Éthalos, cada día que pasaba sin conocer el paradero del joven su corazón se rompía. Por ello, al mes sin saber del ángel se encaminó hacia la cabaña de un viejo hombre, de él se decían muchas cosas, pero el mayor de los rumores era que aquel hombre era un mago; aquellos seres eran hijos de ángeles y humanos y gracias a ello tenía acceso a la magia, tanto negra como blanca.

Capítulo 3: Magia.
Camille no tardó en encontrar la cabaña. Era una casa pequeña, de color roble y hecha de tablones de madera. Camille llamó a la puerta varias veces antes de que alguien la abriese. Era un hombre bajo, de pelo castaño y rostro más joven de lo que Camille se esperaba, no aparentaba ochenta años como le habían dicho, sino unos cuarenta.
—¿Qué quieres jovenzuela? —dijo el hombre con una ronca y profunda voz.
—He oído que es usted un mago —dijo Camille sin saber muy bien si aquello era lo correcto.
El hombre la miró y clavó unos oscuros ojos en los suyos.
—Se equivoca señorita, yo no soy un mago sino un brujo; yo nací con la magia no aprendí a crearla. Pero mi poder no es por lo que ha venido, ¿me equivoco? —dijo el hombre, lanzándole una mirada que ni siquiera Camille logró entender.
La muchacha asintió. De ello estaba segura, no había ido a aquel lugar a preguntarle al hombre por su poder.
—Sé lo que los brujos son capaces de hacer. Sé que puede encontrar personas perdidas, incluso…ángeles.
El hombre la miró con gravedad.
—Será mejor que pase, señorita.

El hombre hizo pasar a Camille a su humilde cabaña, solo amueblada por dos sillones y una pequeña mesa, al fondo una puerta cerrada seguramente llevaba a las demás estancias de la casa. Camille vio en la mesa un retrato de dos personas, una mujer ángel y un hombre, junto a ellos un chico de unos siete años, que sonreía con bondad.
—Por favor tome asiento —dijo el brujo, que ya se había sentado.
Camile se sentó cuidadosamente en el otro sillón.
—Dime jovencita, ¿cuántos años tiene? Yo tengo aproximadamente seiscientos, aunque dejé de celebrarlo cuando alcancé los cuatrocientos.
Camille clavó sus ojos en los del hombre, asombrada por aquella afirmación.
—Tengo veintitrés ¿Por qué desea saberlo?
El hombre hizo un gesto, quitándole importancia a aquella pregunta. Pero seguía mirándola con pesar, como si supiese algo que ella no.
—¿Qué desea de mí? —dijo el hombre inclinándose en el sillón.
Camille se aclaró la garganta y le explicó su historia y la de Éthalos, contándole como se habían conocido y como de una gran amistad habían nacido un romance; también le contó que creía que podía haber sido castigado, y en tal caso si él podía encontrarlo.
—Sabes… mi madre fue un ángel y mi padre un humano, cuando mi padre, como cualquier mortal, murió; mi madre no pudo soportarlo y se suicidó. Yo solo tenía treinta años, pero aprendí solo a controlar mi poder y a utilizarlo como debía hacerlo. Para ayudar a los  humanos; los de arriba nos llaman, a los brujos, los Ángeles de la Tierra. Pero sí, mi madre también fue castigada y tuvo mi padre que encontrarla y libelarla de su prisión. Puedo encontrar a tu ángel, pero solo tú puedes sacarlo de su celda.
Camille asintió.
—Haré lo que sea. ¿Qué quiere a cambio?
El brujo negó con la cabeza.
—Saber tu nombre. Pero no te preocupes, todo a su debido tiempo.
—Camille.
El hombre asintió.
—Busquemos a tu ángel.

Capítulo 4: Búsqueda.
Camille salía de la cabaña esperanzada, cuando Morz la llamó por última vez.
—Te cuidado, joven. Acuérdate de lo que te he dicho, si te sale mal la jugada… Podrías perder más que tu propia vida.
Camille asintió y salió de allí. Aquel hombre le había no solo revelado la posición de su amado Éthalos, sino también algo que la había dejado helada. Pero no tenía tiempo para preocuparse debía encontrar al ángel y liberarlo de su estado. Sabía que aquello no iba a ser fácil, pero no estaba dispuesta a rendirse a la primera. Con su habitual terquedad se introdujo en el espeso bosque, sin darse cuenta de que el brujo la velaba desde la puerta: protegiéndola.

Camille no tardó en encontrar el rastro de muerte y destrucción propio, había dicho Morz, de los demonios más temibles. Con cuidado esquivaba los cuerpos desmembrados de los conejos y ardillas, ensangrentados animales sin cabeza o incluso árboles muertos y sacados de cuajo. Aquel bosque, al principio hermoso, se había convertido en un lugar lleno de muerte y destrucción. Pero Camille no era asustadiza y siguió adelante, con la fiereza de alguien que buscaba a su amor.
Lo primero en alertarla de que el demonio, en el que se había convertido Éthalos, estaba cerca: fue el amontonamiento de criaturas muertas de los alrededores, luego le llegó a los oídos gritos de agonía, pero quizá no eran los de los animales, sino los de Éthalos. Aquello la llenó de esperanza, pero a la vez de horror ¿Y si su amado no la reconocía? ¿Y si intentaba devorarla? Morz le había dicho que mientras no atardeciera Éthalos no estaría en su peor forma. Pero aunque las dudas llenaban su mente no se desalentó y siguió adelante.
Lo encontró en su segunda forma, como había dicho el brujo. Estaba sentado sobre una roca de espaldas a ella, su cuerpo se convulsionaba. Ya no era el hermoso y estilizado cuerpo de un ángel, sino un cuerpo deforme y azulado, pero de un color enfermizo. Sus alas, parecían arrancadas a tirones y eran negras. Camille pisó una ramita, que crujió, alertando al demonio que antes había sido su ángel. La chica, que ya experimentaba con horror y temor la transformación de su amado, se quedó sin palabras al contemplar el aspecto de los ojos de Éthalos. Unos ojos amarillos, pero a la vez oscuros, muy tristes que la miraban con entendimiento y vergüenza. Camille se llevó una mano a la boca y se acercó a él, dispuesta a abrazarlo. Pero Éthalos alzó una mano, posicionándola ante él y contra la chica.
—Preferiría que no me hubieras visto así. Debes irte Camille, alejarte de este bosque y si es posible de este pueblo. Lejos de mí, soy una deformación. Lárgate antes de que anochezca no quiero hacerte daño —dijo Éthalos y se dio la vuelta para volver a sumirse en el silencio.
Camille dio un paso más.
—Por favor. Podremos arreglarlo, podemos pedirle ayuda a un brujo, él podría curarte. Podríamos…
—¡Cállate, por favor! —gritó Éthalos.
Camille sintió el dolor de su voz y quiso ayudarlo.
—¡Te quiero! No podré querer a otra persona por favor déjame ayudarte.
El demonio negó con la cabeza.
—No hagas esto más difícil. Camille, junto a mí, no tendrás futuro. Morirás si te quedas junto a mí —dijo, frente a ella.
Estaban tan cerca que podrían abrazarse, pero tan lejos a la vez…
—Preferiría morir aquí, que vivir en otro sitio —dijo la mujer con determinación.
Éthalos se llevó las manos a la cabeza, con un gesto de dolor.
—¿No te das cuenta? ¡Ya empieza! ¡Pronto habrá comenzado y no podrás huir! Vete por favor. No podré controlarlo, no podré frenarlo ni salvarte… —dijo Éthalos con los ojos llenos de lágrimas.
Camille vio como el sol se ponía, lentamente y supo que sino escapaba el demonio la mataría. Pero si se iba moriría de pena. Aún guardaba un as en la manga, si lo utilizaba con sabiduría a lo mejor podría salvar a su amado ángel.
—Da igual. Moriré aquí si hace falta, pero no voy a abandonarte.
En aquel momento Éthalos dejó de escucharla y se retorció de dolor, cayendo al suelo; los espasmos empezaron en los pies y se extendieron por todo el cuerpo. Pronto su cuerpo se envolvió en una niebla. Camille retrocedió, asustada. Ante ella, ya no se encontraba el demonio de estatura humana, ahora había un gigante de piel roja y oscuros ojos negros, llenos de la maldad más absoluta.
El demonio rió.
—Veo que hoy tendré un banquete especial ­—dijo y Camille comprendió que aquel no era Éthalos.
El rostro de la mujer se llenó de la más profunda determinación y dio un paso al frente, dispuesta a todo. Pero las lágrimas afloraban en sus ojos.
—¡Éthalos!¡Si aún sigues ahí, escúchame!¡Tengo algo que decirte! —el demonio acercó una enorme mano a ella.
Ahora o nunca, pensó Camille.
—¡Espero un hijo tuyo, Éthalos! —gritó con la fuerza que le permitió su débil voz.
El enorme demonio dio una sacudida y luego su cuerpo, de pronto, comenzó a cambiar. Combatido por una fuerza mayor. La niebla volvió a invadirlo y cuando se disipó y Camille pudo ver, se quedó sin palabras: Éthalos estaba ante ella, como un ángel.
Los dos corrieron hacia el otro y se fundieron en un profundo abrazo, luego se besaron.
—¡Te quiero! —lloró Éthalos.
Camille se refugió en sus brazos, sintiendo que estaba a salvo por primera vez en mucho tiempo.

Epílogo : Brujo.

DOSCIENTOS AÑOS DESPUÉS…
El muchacho llegó a la cabaña al atardecer. Había esperado a la muerte de su padre, para acudir. Pero como le habían prometido sus progenitores el hombre le abrió en seguida. Como si llevase mucho tiempo esperándolo. El chico sintió como al hombre se le iluminaron los ojos, pura alegría.
—Soy Morz, hijo de Sol y Henry.
El joven se sintió pequeño ante aquel hombre.  Él apenas tenía cien años, hasta incluso todavía conservaba el aspecto de un muchacho de veinte. Su madre había muerto hacia algún tiempo y su padre se había ido tras ella, pero él sabía dónde acudir.  Se lo habían advertido.
—Soy Uriel, hijo de Éthalos y Camille. Me dijeron que te conocieron y que tú cuidarías de mí. Me harías digno de mi poder.
A Morz le brillaron los ojos de emoción.
—Desde que murió mi madre, me he sentido solo. Ayudé a tu madre hace mucho tiempo, me dijo que a cambio podría educarte como a mi hijo cuando ella y tu padre muriesen. Somos muy longevos, hijo. Nos queda un gran camino por recorrer.
Uriel sonrió, se podía palpar la bondad de aquel hombre; de alguna manera supo que podía confiar en él, como lo había hecho en sus padres. Él era un brujo, pero necesitaba un maestro.



                                 Lucía Benítez Luque. 2º ESO B
1º PREMIO RELATO CORTO

CONFUSO Y ATURDIDO


Abrió los ojos y buscó el reloj de su muñeca: eran casi las tres.
Adormecido apoyó los pies en el suelo mientras pensaba qué tiempo habría fuera. Abrió la ventana con la certeza de que era un día gris, pero los rayos de sol chocando contra su rostro pálido lo cegaron por un instante. Enseguida volvió a cerrarla y se percató de que había algo que se le estaba pasando por alto, pero sin darle demasiadas vueltas volvió a tumbarse en la cama; adivinando qué comería hoy, planeando qué ver en la televisión esa misma tarde, pensando si su concursante favorito de aquel reality show  que tanto le gustaba, habría sido expulsado la noche anterior.
Entre tanto pensar, volvió a dormirse unos minutos más, pero la ventana que mal habría cerrado se abrió de repente gracias a una fuerte ráfaga de aire,  chocando contra la pared y haciendo un ruido imponente que lo trajo de vuelta al mundo real. Decidió que era hora de ponerse en pie y rebuscando entre la montaña de ropa que había sobre la silla, encontró su bata. Salió de la habitación y se dirigió hacia el servicio, del cual salió a los diez minutos creyendo que la cena de la noche anterior no le había sentado nada bien.
Tras cruzar el pasillo largo y estrecho llegó al comedor. Y la vio.
La nota estaba sujeta en la puerta de la nevera por un imán con forma de toro, el cual sostenía, por un lado, una ondulante bandera española, y por el otro, un característico cartel que anunciaba: “Paella, sangría, tapa y tortilla”, y del cual él nunca se había percatado hasta ese día.
La nota era clara y con pocas palabras:

“Me voy
 Te dejo”

Sintió un escalofrío por todo su cuerpo, creyendo que iba a desmayarse. Atónito, se sentó de cuclillas para intentar entender lo que estaba pasando y decirse a sí mismo que se calmase, pero no tuvo fuerzas para resolver.
Sentado en el parquet comenzó a recordar la discusión del día anterior, la cual lo dejó tan agotado que se fue a dormir sobre las nueve, perdiéndole a ella el rastro... para siempre. Tal vez, en lo más hondo de su interior supiese que ese día llegaría, pero nunca quiso verlo realmente. Sentía que eran el uno para el otro, que eran parte el uno del otro, que en el mundo no habría personas que pudiesen entenderse como ellos se entendían. Nunca creyó que ella fuese realmente a abandonarlo, pues solo se tenían a ellos mismos, y desde hacía treinta y cuatro años no podían vivir el uno sin el otro.
Intentó no pensar en las cosas que había hecho mal, pues le aturdían y llenaban de lágrimas los ojos. Se culpó por no haberle dedicado el tiempo que ella se merecía, por cuestionarla en todo momento, por no decirle lo bueno que estaban sus guisos y lo guapa que era.
Eso. Guapa. Tan guapa que de pronto se le ocurrió un posible motivo para dejar de culparse a sí mismo por este compungido desenlace.
¿Y si se había ido con otro hombre?
No quería ni pensarlo, aunque la idea cada vez fue cobrando más fuerza y en su cabeza todo apuntaba a ello. Las amenazas de ella en cuanto a librarse de él, lo asaltaban en su mente, pero nunca creyó que ella fuese capaz. Se encendió de rabia y fue en busca de un pitillo que lo ayudara a tranquilizarse, pero no encontró la cajetilla y estalló. Comenzó nuevamente a llorar, maldiciéndola por todo el daño causado, por los días y noches compartidos, por haberle desatendido impúdicamente, por haberle dejado ultrajado, sin más que una paupérrima nota.
Pateó todo lo que estaba a su paso, arrastró con sus gruesos y pesados brazos todo lo que había en la mesa del comedor, destrozando entre otras cosas, esa azucarera amarilla que a ella tanto le gustaba, y que él le había regalado porque hacía juego con las cortinas de la cocina. Buscó éstas últimas con la mirada y  abalanzándose sobre ellas las arrancó de un solo tirón, lleno de ira, lleno de desilusión.
Afligido y arrodillado en el suelo, con los puños cerrados y las cortinas arrugadas en sus manos, notó que algo se movía. Advirtió de que el movimiento se había producido en dirección a la nevera. Se giró del todo y vio que la nota, cuyas palabras marcarían un antes y un después en su vida, se había desprendido vagamente de ese imán tan particular, pero sin dejarla caer.
Se puso en pie para entrever si, otra vez, hubiese vuelto a dejar abierta alguna ventana, pero recapituló en que no había abierto ninguna en esa zona de la casa y se puso en marcha hacia el dichoso papel que parecía tener vida propia.
A tan solo dos pasos y, una vez lo tuvo en sus manos, no daba crédito a lo que estaban viendo sus ojos. La nota recitaba:

“Me voy a casa de la tía Loli.
 Te dejo embutido en la nevera.”

Por un instante creyó estar durmiendo aún en su cómoda y plácida cama, arropado por ella, pero rápidamente visualizó los destrozos que había ocasionado.
En ese mismo momento, su madre entraba por la puerta.
Micaela Regner, 2º BACH C
1º PREMIO RELATO CORTO 



NO, SI NO ES CONTIGO


Abrí los ojos al escuchar que la puerta de la casa se abría. Era él. Hizo que empezara a temblar y que me agarrara fuertemente a la almohada. Llegaba una noche más, borracho y gritando mi nombre. Yo me hacia la dormida mientras intentaba aguantar el llanto. Cerré los ojos y me quedé inmóvil. Sentía sus pasos cerca. Llegó a la habitación. Sabía que estaba bastante cerca. Me acariciaba con su asquerosa mano la cara y mientras lo hacía decía: cuanto te quiero mi amor, nunca podrás escapar, siempre serás mía. Se fue de la habitación. Y empecé a llorar en silencio. Cuando me desperté estaba esperando sentado en el sofá. Me preguntó que donde iba . Le dije que iba a comprar. Me dijo que no tardase mucho. Cerré la puerta del coche y por fin me relaje. El coche era como mi lugar de escape. Me entretuve más de la cuenta y sabia que por ello pagaría tarde o tempano. Cuando llegué tuve la suerte de que él no estaba.
Unos días después salimos a comer con sus amigos . Delante de ellos se comportaba como si no pasara nada, como si jamás me hubiera tocado con esa maldita correa, o simplemente con sus manos. Se comportaba cariñoso como si fuera el mejor marido del mundo. Él alardeaba de que llevábamos veinticinco años juntos y que dentro de unos meses celebraríamos nuestro aniversario. Quién iba a decirme a mí lo que ocurriría posteriormente. En cuanto llegamos a casa. Miró que no estuviera nuestro hijo. Evidentemente no estaba, como de costumbre salía con sus amigos. Mi hijo siempre decía que estaba harto de mis tonterías. Él apoyaba a su padre. Para él era como un ejemplo a seguir. Era un calco del padre. Jamás me defendía, me decía que me lo tenía merecido. Yo eso nunca lo he logrado entender. Siempre hacía caso a lo que su magnífico padre decía. No sé si él sabía exactamente ya que cuando él estaba nunca me pegaba. Era un niño consentido y yo no podía decir nada sobre su educación ni sobre ningún asunto. Para ellos yo no era nadie. Bueno sí la sirvienta y el juguete de la casa. El respeto mi hijo me lo viene faltando hace ya tiempo, se cree que soy como un crio de su edad al que puede manejar a su antojo, aunque no tuviera su edad me podía manejar y conseguir todo ya que la autoridad la perdí hace tiempo. El padre era el que mandaba en todo .Ojalá nunca lo hubiera conocido. Bueno pues como venía hablando. Después de verificar que no estaba. Cogió esa maldita silla roja. Sí esa en la que me pegaba las palizas mortales. Y que la sangre se disimulaba por tener ese color. Me dio correazos en la espalda durante media hora. Luego de expresar su frustración y su furia contra mí, se fue al bar a beber y pasárselo en grande. Mientras yo me curaba las heridas. No sabía cómo salir de este infierno. Me miraba una y otra vez en el espejo y me preguntaba si me merecía eso. Me sentí menospreciada, humillada tenía la autoestima bastante baja. No entendía el amor que me tenía, pero según él era amor verdadero. ¿estaría loca?.



He llegado a pensar que todo esto es mi culpa. Muchas veces he pensado que como hemos llegado a tal punto si al principio él no era así. Al principio de la relación era muy detallista, siempre estaba pendiente de mí y de que no me faltara nada. Siempre me dejaba un mensaje de buenas noches. Era cariñoso y todo. Tuvimos una fuerte pelea yo quería dejarlo pero él me decía que se suicidaría como lo dejara y por miedo no lo dejé. Me he dado cuenta de que las apariencias engañan. Le tengo asco a la vida. He visto muchas veces en la tele el número sobre maltrato, al cual tendría que llamar. Pero nunca me he atrevido. Sabía que como lo hiciera al día siguiente estaría muerta. Y si no me mataba a mí. Mataría a su seguidor, a su hijo.
Un mes después, le dije que mi madre vendría a pasar unos días a casa. Evidentemente no quería, ya que si venía ella no podría pegarme a gusto. Yo he estado sin ver a mi madre y sin contarle nada durante diez años. No tengo fuerzas para nada y además no sé si me defenderá o si será como mi hijo. También sé que por decir esto me ganaría una buena paliza pero lo tenía que intentar. Tenía que intentar salir de esto como fuera. Necesitaba que alguien cercano me ayudara aunque sabía también que me echaría para atrás ya que podría hacerle algo a mi madre, y permito que a mí me pegue que haga lo que quiera pero con ella no. Yo sabía que con estas cosas estaba cavando mi propia tumba. Y de vuelta a la silla roja. Pero conseguí que ella viniera unos cuantos días.
Cuando, ella llegó a mi casa, mi marido fue a recogerla al aeropuerto. Cuando llegó lo primero que me dijo es que era una privilegiada por tener un marido así, ya que decía que le había contado que le estaba apoyando con mi enfermedad. ¿ qué enfermedad tengo? pensaba una y otra vez. Mi madre me veía como un enferma. Le pregunté que qué le había contado acerca de mi enfermedad. Ella con lágrimas en los ojos me abrazó y no me dijo absolutamente nada. Sabía que le había mentido él por la espalda se reía. En ese momento de rabia lloré, mi madre creía que era por la supuesta enfermedad pero no, evidentemente lloraba del asco y de la furia que yo sentía. Ella me acariciaba con ternura, hacía tiempo que no sentía una buena acaricia. Ella me contaba acerca de su vida y de lo mucho que me extrañaba. Me decía que durante todo este tiempo ella había estado en contacto con mi esposo y que él le informaba de todo y que cuando su hijo fue de vacaciones a su casa se lo pasó muy bien pero que tenía que mantenerlo firme y con mano dura ya que era consentido; y lo que ella no sabía que a la que tenían con mano dura era a mí. Le respondí que tenía razón y que a partir de ahora la cosas cambiarían. Mi madre se creía mis mentiras, las mías, las de mi hijo y las de él. Durante ese fin de semana estuve muy relajada. Le pregunté a mi madre si se quería quedar por un tiempo más. Ella me respondió que le encantaría pero que no podía ya que tenía el billete de avión pagado para esa misma tarde. La despedida fue muy emotiva, por su parte porque se despedía de una enferma y por mi parte porque sabía que volvería a vivir el infierno. Así fue en cuánto llegó de dejar a mi madre en el aeropuerto. Tocaba lo que tocaba, la silla tan odiada.


Me acosté, boca abajo, ya que la espalda la tenía llena de correazos y con la cabeza de lado y que del puñetazo en la cara no podía apoyarla. Venía de nuevo, diciéndome: no estaré con nadie que no sea contigo. Yo soy tu esposo, en lo bueno y en lo malo. Lo repetía una y mil veces. Me besaba donde anteriormente me había pegado. Con dolor aguanté el tirón. A cada discusión una paliza más fuerte, es como decir que tengo premio seguro, hagas lo que hagas paliza al canto. Sabía que como hiciera algo más que al no le agradara su furia contra a mí iría a más, perdón dije su furia he confundido el concepto era su amor hacia mi persona.

Fui a la calle me encontré con una amiga de la adolescencia, me preguntó que cómo me encontraba y le dije que perfectamente. Llevaba gafas de sol. Ella me dijo que me las quitase. Cuando lo hice le dije que me había caído por las escaleras unos días atrás. Ella me dijo que le estaba mintiendo. Ella me conocía bastante bien. Me ofreció su ayuda, pero tenía mucho miedo. Ella me dijo que me fuese a su casa. No podía hacerlo, no podía reaccionar. Ella me dijo que llamaría a la policía; le engañé le dije que ya le había denunciado y que pronto tendría la orden de alejamiento. Se lo creyó y después de esa larga charla se marchó. Ella lo llamó, se nota que no pude convencerla; lo amenazó con denunciarlo, le dijo que se apartara de mi que como se enterase de que me volvía a tocar el que lo pasaría mal sería él. Para que le dijo nada, para que me quité esas malditas gafas. Cuando él me preguntó si le había dicho algo, le dije que no, que no sabía cómo se había enterado. Su furia fue a más. Esta vez me dejó inconsciente. Me estampó contra la vitrina del salón. Me tuvo que llevar al hospital. Allí dijo que me caí por las escaleras y que me había dado en la cabeza. Le creyeron. Claro quién no iba a creerle, si todo el mundo pensaba que era una persona estupenda. Cuando desperté una enfermera me dijo que vaya marido más bueno tenía, que tenía que estar orgullosa de él y que si no fuese por él estaría muerta. Y lo que ella no sabía que por él estaba en esa cama, por él estaba así. Después de esto si se lo cuento a alguien pienso que nadie me va a creer. Ya me estoy empezando a creer de verdad que estoy loca, todo lo que hace siempre saca algo y le da la vuelta a la situación, hace que todo el mundo se crea sus pantomimas.
Regresé del hospital, estuve una semana en cama. Mi marido no apareció por la casa en todo ese tiempo. En esa semana mi hijo parecía más comprensivo conmigo, cuando no estaba el padre nuestra relación era más cordial, era más cariñoso y cuidadoso conmigo. Yo ya no podía con esta situación. Era o mi maltratador o yo. No tenía fuerzas para nada. No quería ni hablar con nadie, ni coger el coche para relajarme. Ya me daba todo igual , si me quería matar que lo hiciera pronto porque yo ya no podía más con esas palizas.



Lo he pensado mucho. Cogí el bote de pastillas, que el médico me mando para la depresión supuestamente por no trabajar y por mi hijo. Ya que según le contó mi marido al médico decía que mi hijo me daba muchos quebraderos de cabeza y que por eso estaba así y claro eso y no trabajar me suponía dicha depresión. Bueno cogí el bote y empecé a tomarme pastilla tras pastilla, quien me iba a decir que en ese momento entraría él, gritándome. Que por qué quería dejarle, que estaríamos juntos para siempre y que no podría defraudarle justo ese día. Era el día  de nuestro aniversario, él venía a recogerme para una fiesta que teníamos montada. Le dije que como regalo de aniversario sería desaparecer y así ser todos felices. Minutos después no sé exactamente de donde sacaría el cuchillo pero señoría, no tuve culpa. Vi la luz ya que todo esto se acabaría de una vez por todas .Me iba a matar a mí pero el que resultó herido por ese cuchillo en el pulmón fue él. Notaba como caía la sangre sobre mí y esta vez no era mía. Yo no hice nada. Me quedé inmóvil y llamé a la ambulancia y a comisaría. Le entrego este diario y estas fotos de las heridas que me fui haciendo día a día. Para que el día de mi muerte, mi madre y mi hijo vean lo que me hizo y que ellos puedan salvarse de todo ese tormento. En ese momento mi hijo gritaba que lo perdonase que él no sabía eso; que el padre le contó otra versión. Mi amiga de la adolescencia fue al juzgado a hacer como testigo de que ella me había visto con el ojo morado y casi sin poder andar. El juez me dejó en libertad.
Ahora abro los ojos y sé que si escucho abrirse una puerta no será él, si no el mundo que me llama y la libertad, mi libertad. Y que si escucho la frase de no, si no es contigo, será mi hijo abrazándome y no dejándome sola; si no ayudándome a no recordar y a aprender a amar la vida. Ahora conseguí un trabajo y  aquí estoy ahora mismo dando charlas sobre maltrato. Por fin salí de todo, ya no a más sillas rojas. No al maltrato. No os dejéis que esto pase, denunciadlo. En este momento tocó el timbre de la escuela, el timbre del nuevo comienzo a vivir.

Carmen Reyes Galván. 4º ESO B

2º PREMIO RELATO CORTO



AVENTURA EN EL MAR.


Me llamo Alba tengo 15 años y os voy a contar la mayor aventura de mi vida. Parecerá fantasioso pero fue real tal y como os cuento...

Todo comenzó una mañana de verano cuando estaba eligiendo un bikini para ponerme ya que iba a ir a la playa con mis amigas. Elegí el rojo, mi favorito y el que mejor me quedaba. Bajé las escaleras me eché crema para el sol, cogí la toalla preparé la mochila y salí por la puerta.

Caminando pasé por al lado de una tienda y compré algo de comer y de beber. Pasé a recoger a Laura a su casa y fuimos a por Sara que nos esperaba en el paseo. Allí nos saludamos y nos fuimos las tres camino de nuestra playa favorita, El cangrejo. Era un trozo de playa ocultada por unas rocas donde no iba nadie, solo nosotras.

Preparamos las cosas y nos fuimos al agua porque estábamos muertas de calor de tanto andar. En el agua jugamos reímos y hasta nos enfadamos un poco como de costumbre. Pero, durante esas peleillas Laura nos llamó extrañada:

Eeeh, Sara, Alba mirad un poco al fondo. - dijo-.
Que pasa, yo no veo nada, solo unas pocas nubes en el cielo que cada vez son más negras. -dije-.
No Alba, mira bien, yo también lo veo, es algo raro en el agua. - me habló Sara-.
Es verdad, pero, ¿Qué es? -pregunté intrigada-.
No lo sé. Venga vamos a mirar. -me contestó Laura siempre igual de curiosa-.

Fuimos hacia allí y cada vez hacía más viento el cielo se oscurecía y se formó un remolino. Sara y yo quisimos volver pero Laura seguía hacia delante hasta que el remolino nos tragó a las tres sin darnos cuenta.

....

Desperté en una roca con un dolor de cabeza horrible. Miré a mi alrededor y estaba en una habitación extraña llena de flores o plantas que nunca en mi vida había visto. Al poco tiempo, escuché que venía alguien.

¿Te has despertado ya? - me preguntó-.
Le vi y...
!!!Aaaah!!! ¡¡¡Un pulpo que habla!!! -grité muy asustada-.

Corrí por toda la habitación.

Tranquila, tranquila, no voy a hacerte nada- me dijo intentando tranquilizarme-.
Pero, es imposible que puedas hablar, y, y, yo que hago aquí.
No te alteres pececito, te vamos a ayudar.
¿Cómo que pececito?- pregunté con la voz temblorosa-.
Sí, eres un pez de colores -me contestó acercándome una especie de espejo-.

Me miré y no podía creer lo que veían mis ojos. Era un pez de pies a cabeza, bueno de cola a cabeza mejor dicho. Estaba bastante asustada, no sabía como había llegado allí y sobre todo dónde estaban mis amigas.

El pulpo este me notó un poco nerviosa y me dijo que mis amigas estaban bien, que estuviese tranquila y que le siguiera. Yo, perdida sin saber que hacer decidí seguirlO.

Llegamos a otra habitación dónde había otro pez como yo. No entendía para qué me había traído hasta allí si estaba buscando a mis amigas no más peces que ya estaba harta de haberme visto pez.
Ahí está una de tus amigas la otra está en la habitación de al lado. -me dijo-.

Al decírmelo creía que el pulpo estaba loco, pero luego pensé que si yo era un pez ellas también lo serían así que fui a despertar a quien fuese de las dos.

Sssh, despierta -le dije mientras le movía-.
Mmm. - abrió los ojos y empezó a chillar tal como lo hice yo-. ¿Quién eres pez?
Soy yo Alba, tranquila Laura o Sara porque no sé quién eres de las dos.
¿Alba?, ¿por qué eres un pez? Y soy Sara. -me dijo un poco más tranquila-.
Tú también lo eres, nos hemos convertido pero no sé como. Te tienes que levantar rápido que Laura está al otro lado y tenemos que levantarla. -le contesté dándole prisa y acercándole un espejo-.

Se quedó sin palabras lo único que hizo fue bajarse de la roca y seguirme sin emitir ruido. Nos movimos a la habitación de al lado y vimos como la supuesta Laura estaba medio despierta y cuando entramos por la puerta empezó a gritar como hicimos las dos. Somos iguales. Le explicamos todo y lo entendió se miró en el espejo y no se alarmó tanto como nosotras pero un poco perpleja se quedó. Nos abrazamos y nos alegramos de que estuviésemos juntas. Se me hizo muy raro verlas así, de pez, pero me fui acostumbrando.

Salimos de la habitación y buscamos al pulpo que me había ayudado. Estaba justo al lado y nos estaba esperando para enseñarnos donde nos encontrábamos. Nos fue explicando los distintos lugares del castillo, porque, ¡¡estaba en un castillo!! y ¡¡debajo del mar!! Era increíble lo bonito que era, los demás peces, las plantas acuáticas, y sobre todo como entrelazaba todo debajo del agua era precioso. Por último nos fue a enseñar al rey de los 7 mares, Tritón.

Tritón era alto con el pelo largo y blanco y tenía un gran tridente con el que dirigía todo su reino. Era un sireno el padre de 12 hijas una de ellas muy conocida Ariel. La famosa sirena de la película que hasta ese momento pensaba que era inventada, pero no, allí estaba también visitando a su padre ya muy mayor, con su hija.

Cuando la vimos fuimos a saludarla porque de enanas nos encantaba. Estuvimos hablando un rato y nos enseñó su cueva donde guardaba todos sus objetos encontrados. Le contamos que éramos humanas y se alarmó mucho porque quería hacer todo lo posible por ayudarnos, pero, sobre todo saber cómo nos convertimos en peces con una simple tormenta. Cuando la mayoría se ahogan y ya está.

Mientras estábamos hablando Mélody, su hija, se fue alejando de nosotras fuera del castillo. Al poco tiempo nos dimos cuenta y a lo lejos vimos una luz. La seguimos y cuando nos acercamos nos cegó. Acabamos en una cueva:

Jajajaja, habéis caído en mi trampa - dijo un pez espada que apareció por allí-.
Que quieres de nosotras – dijo Sara enfadada-.
Nada, jajajaja, solo necesito el tridente de su padre - gritó señalando a Ariel-. Me hará el ser más poderoso de los 7 mares.
No te lo permitiremos jamás - le contestamos-.
¿Vosotras?, anda no me hagáis reír, ¿Unos simples pescaitos y una sirena de papá? - dijo en tono burlón-.

Nos pusimos muy nerviosas pero al tiempo Ariel se alarmó de que Mélody no la habíamos encontrado.

¡¡Eeh!!, sucio pez – dijo menospreciándole-.
Me llamo Rak y pronto me llamareis El rey Rak. - le contestó enfadado-.
Bueno me da igual. Solo quiero saber dónde está mi hija- le grito-.
Jajaja, por eso no te preocupes está allí dormidita. -señala una cueva más abajo nuestra donde está Mélody tirada en el suelo- Estaba muy cansada del viaje y puede que chocara contra algo -soltó con indirecta-.

En ese momento Ariel cayó al suelo de la cueva y fuimos a por ella. Estaba destrozada intentaba salir de allí para salvarse a ella, a nosotras y a su hija que era la que más le importaba.

Me dais pena, asique como me aburro hasta que vengan mis anguilas os voy a explicar mi plan - nos dijo-.
Ojala te salga mal- le contesté-.
No tienes tú fe, jajaja, es el mejor y nada me va a salir mal.

Lo que pienso hacer es extraer un poco de sangre de la princesita e inyectármela a mi para poder coger el tridente ya que solo alguien perteneciente a la familia real puede sacarlo, ¡¡ y me haré el rey de los 7 mares!! Jajajaja – se rió con risa maligna -.

Al escucharlo las tres nos quedamos mudas y no sabíamos que decir. Porque en verdad estaba bien planteado. En ese momento llegaron anguilas. Supusimos que eran las de las que hablaba el pez espada que nos tenía encerradas.

Estuvieron hablando los tres y acto seguido fueron a por Mélody la ataron y empezaron a rebuscar en un armario que tenían guardadas muchas cosas. Justo en ese momento Laura me llamó diciéndome que había un cangrejo detrás de las rocas. Pero se fue corriendo.

Empezaron a prepararse los tres individuos y Ariel no podía creer lo que le iban a hacer a su hija, estaba destrozada por no poder hacer nada al respecto.

Pásame el tarro que hay ahí al lado tuya. - le dijo Rak a una de las anguilas-.
Toma mi amo. Vamos preparando la gran roca para vuestra pequeña operación.
Sí, venga, ya podéis empezar. Voy a sacarle ya la sangre primero venir a ayudarme.

Estábamos muy tristes por Mélody, pero justo cuando iba a hincarle la jeringa, el techo de la gran cueva se hundió y apareció el rey con su ejército.

Quieto ahí Rak deja a mi nieta en paz. - dijo gritándole enfadado-. Solo sabes dar problemas.
¿Cómo me habéis encontrado? - preguntó extrañado pero también rabioso-.

Nadie le contestó solo los guardias le cogieron y capturaron a las anguilas. Tritón con su tridente abrió las rejas de nuestra cueva y pudimos salir.

Mélody seguía inconsciente, Ariel fue a por ella y no reaccionaba. Estábamos destrozados. Encima suya lloró y se le cayó una lágrima en la mejilla de su hija, a los pocos segundos se despertó mareada pero viva. No se había enterado de nada de lo que había pasado.

Volvimos al castillo, y estuvimos hablando con Mélody para ver cómo estaba, por suerte bien.

Ese día fue muy intenso y como agradecimiento de haberle ayudado a Ariel, Tritón con su tridente nos apuntó y....

....

Mmm, ¿qué ha pasado? - preguntó Sara-.
No lo sé pero me siento un poco mareada. -respondió Laura-.
¿Lo hemos soñado? - pregunté preocupada-.
No lo sé, pero yo creo que ha sido todo verdad. - dijo Laura-.

Nos encontrábamos mareadas, raras y sobretodo confusas por lo que había pasado ya que no sabía si había sido verdad o no.

Para despejarnos nos metimos en el agua y a lo lejos en una roca escondida vimos a Ariel que nos saludaba y luego ponía un dedo en sus labios queriendo decir que no dijésemos nada. Las tres nos miramos y sonreímos. Al menos no estábamos locas, bueno eso creemos.

Durante todo el día estuvimos hablando del tema y cada vez nos gustaba más, el castillo, las plantas, los peces, la experiencia de lo malo, pero que luego salió bien... Nos gustó mucho ser peces por un momento.




Yo la autora Laura Ortega Morales de 3ºESO E quiero transmitir con esta historia que nunca se es mayor para dejar de imaginar con la niñez, con tus cuentos favoritos y porqué no, creer que se hacen realidad e inventarse parodias donde la gente crea que pudieron suceder. Disfrutemos de la vida que solo hay una y la mejor forma es como un niño, ya que es la mejor etapa de la vida.

                                      Laura Ortega Morales 3º ESO E
3º PREMIO RELATO CORTO






Recuerdos
Los sentidos se nublan,
el cálido aliento enérgico
se torna en gélido suspiro.
Las palabras se entrecortan,
el lenguaje desaparece.
El tacto se convierte en caricia,
y la vista en deseo.
El silencio se detiene,
el ritmo acorde amansa al tiempo,
el espacio no cobra sentido.
La naturaleza innata,
guía los sentidos con armonía.

Solo las gotas que recorren la piel
muestran el brillo de la noche,
solo el fluir del aire,
separa la perfección.

Y será la extenuación
la que venza al placer,
y solo el agotamiento
permitirá al silencio amanecer.

Los sentidos se despejan,
el suspiro torna en aliento,
las palabras, innecesarias.
El silencio abarca el tiempo
aguardando a que el deseo,
junto al brillo de la noche
nublen los sentidos,
y el espacio, no cobre sentido.


Daniel Díaz Palmero 2º BACH C
1º PREMIO POESÍA




Pesar nocturno

Bajo el sol de la noche me hallo,
Anegado en mi propio juicio.
Sin descanso, mi pesar batallo.

Bajo el sol de la noche siento tu ausencia.
Pensando, que algún día
Me librarás de mi sentencia.
Corazón silenciado
Ahora miserable y desdichado,
Erra condenado.

Bajo el sol de la noche.
Consternado bajo mi propia locura,
El viento, mensajero anónimo,
Tu nombre con dulzura murmura.

Busco la manera de revivir tu imagen,
Que ante mí desaparece, como la vida misma,
Bajo el sol de la noche.
  Rubén González Conde 2º BACH C
2º PREMIO POESÍA





5 de mayo de 2015

IX FERIA DEL LIBRO EN EL IES Nº1 FUENGIROLA




             Una vez más se ha celebrado en nuestro instituto la feria del libro los días 20 y 21 de abril en la que los visitantes han disfrutado de un 20% de descuento (gracias a la colaboración del IEs y de la librería Teseo), y a los del AMPA, un 10% más.

             No está nada mal, ¿no?

Muchos aprovecharon para comprar los libros que vamos a leer en este tercer trimestre, y otros se dieron un "caprichito" consiguiendo la última novedad de su escritor favorito.

                     ¡Hasta la próxima!