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11 de abril de 2014

CONCURSO LITERARIO IES Nº1 FUENGIROLA 2014


1º PREMIO POESÍA (2º CICLO)

                             APARECISTE TÚ
  
Me encontraba inmerso en el fondo del océano.
En unlugar donde la soledad y el dolor llenan mi alma.
Mi gran dolor vivía en el sufrimiento eterno.
Y solo podía ser la muerte la que me diera la total calma.
Nada podía curar la angustia de mi corazón roto.
Ni secar las lágrimas que recorrían mi rostro.
Entonces apareciste tú aproximándote a mí entre la niebla.
Fijé la mirada en tus hermosas pupilas
Que me alejaban de las tinieblas.
Tomaste mi mano con tanta delicadeza
Que provocaste un sentimiento que acabó con mi tristeza.

                                                                  XIN ZHANG
                                                          1º BACHILLERATO D


  3º PREMIO POESÍA (2º ciclo)



SIN CENSURA
Familias rotas por las adicciones,
muertes demasiado prematuras,
llantos de una infancia que presencia
el espectáculo de la brutalidad de las calles.

Son las calles de la desesperación,
del insulto, de los tiroteos,
de la brutalidad policial,
de la humillación, la adicción.

En este despiadado lugar llamado ghetto
anida la poesía de las calles, el Rap,
letras de sangre, controversia,
la banda sonora de estos barrios.

No hay nada fingido, todo es real.
Es su vida, el dolor que les mueve.
No hay censura en su grito de libertad.

Desde Harlem al este, calles de Tupac Shakur,
hasta las de Eazy-E en Compton, al oeste,
las bandas luchan entre ellas
por pura rivalidad del poder.

Aquí, prejuicios contra el Rap,
acusaciones de violencia, delincuencia,
duro estilo de vida que púberes imberbes
por llevar gorra intentan imitar.

Cientos de dramas callejeros,
mil historias por contar,
esto es lo que se esconde
detrás del mundo del Rap.

           ROCÍO CALDERÓN MUÑOZ
                                                                                                   1º BACHILLERATO C





 1º PREMIO RELATO CORTO (1º CICLO)

                               EL SECCRETO DE LA TIERRA 

 Cuando me llegó la carta de mi tío, no creí que lo que decía fuese posible. Me pareció misterioso e impensable. Por eso mismo fui la primera en unirme a la expedición. Mi tío me comunicaba que tras años de estudios infructuosos había dado con una serie de irregularidades en los Polos, en seguida y siendo consiente de que el Polo Norte se encontraba en medio de un mar congelado, había reunido a algunos esquimales para que lo acompañaran hasta la Antártida y que una vez allí lo guiaran hasta el Polo Sur. También me contó como se había tenido que ganar la confianza de los esquimales, haciendo toda clase de peligrosos rituales, y es que estos hombres por lo sabido eran muy resguardados  a lo referido a su procedencia. Mi tío una persona sensata no me había comentado nada sobre el verdadero propósito, su verdadero propósito. Pero yo no necesitaba que me dijese nada más, me lancé de cabeza al proyecto sin saber que podía ponerme en peligro.

Empecé a preparar mi maleta, en ella metí toda clase de ropa de abrigo, polares, chaquetas de doble forro, pantalones de pana, gorros con orejeras, guantes para las manos, calcetines y botas gruesas. Acababa de terminar mi carrera en Geografía e Historia y estaba deseando de embarcarme en alguna aventura para despejar de mi mente los trabajosos días de exámenes finales. Así pues, cogí el primer barco hacia el Cabo de Hornos, en el Sur de Sudamérica.

Capítulo 2
Mi tío y yo nos encontramos en un bonito hotel de la costa del Cabo de Hornos, nuestro barco saldría dentro de tres días y teníamos el tiempo justo para una pequeña reunión con los componentes de la expedición. Pero primero hablamos los dos solos en su habitación, parecía nervioso y miraba a su alrededor asustado por algo.
-Escucha Sara, esto no es un juego, cuando te pedí que vinieras no comprendí lo peligroso que podía llegar a ser. Hay alguien que no quiere que realicemos esta expedición, alguien muy poderoso-me susurró al oído.
--Si he venido es porque he querido--le contesté en el mismo tono.
Él no volvió a sacar el tema, comenzó a preguntarme sobre mi carrera, cómo estaban mis hermanos y mis padres... Pero no pude quitarme de la cabeza sus palabras, ¿qué había descubierto en la Antártida?¿Por qué tanto misterio? No lo supe hasta semanas más tarde.

Los esquimales me acogieron bien entre ellos y descubrí qué mi tío había aprendido a hablar su idioma. Éramos siete, mi tío, tres hombres, dos mujeres y yo. Todos con los mismos rasgos, ojos rajados, pelo negro y una sonrisa en los labios.

El viaje en barco fue tranquilo, pero a medida que el Cabo se perdía a nuestra espalda, hacía más y más frío. Menos mal que me habían preparado uno de sus calientes abrigos. No pude saber sus nombres, porque no nos entendíamos entre nosotros, pero me hubiese gustado.

Capítulo 3

Al desembarcar sentí como mi mundo se estabilizaba de nuevo, aunque el suave movimiento del barco no me había mareado, en ningún momento me sentí cómoda. Pero mi tranquilidad no duró mucho, el brillante blanco de la Antártida me hacía daño en los ojos. La grandes montañas y las extensas mesetas me producían una extraña sensación de intranquilidad, pero el verdadero problema comenzó cuando mi tío se apresuró a pagar al capitán y sin ni siquiera parar a descansar en el tranquilo pueblo nos pusimos en camino.
No supe nunca cuanto tiempo estuvimos andando sin descansar hasta dar con el refugio,  una casa en medio de aquel blanco eterno, al entrar todos muy cansados nos echamos a dormir. Me despertó una de las mujeres y me hizo una seña para que me levantase. Una vez en pie me dio una mochila cargada y con señas me comunicó que en ella se encontraba el saco de dormir. volvimos a ponernos en camino y fue entonces cuando me acerqué a mi tío.
--¿Qué has descubierto?--le pregunté en un susurro.
Mi tío se llevó un dedo a los labios.
--No puedo decírtelo, no es el momento, ni el lugar adecuado--me dijo y miró hacia atrás.
Miré en la dirección que él me indicaba con los ojos. Allí en la blanca espesura, muy lejos de nosotros, se veía un punto negro. tragué saliva.
--¿Quién nos persigue?--pregunté asustada.
Sabía que nadie se embarcaría solo en una empresa tan arriesgada. Aquella persona nos seguía a nosotros. Mi tío miró a su alrededor y dijo en voz baja:
--No lo sé con exactitud, pero he descubierto algunas irregularidades en unas fotos que estudiaba. Hay algo que los gobiernos no quieren que sepamos, por eso estamos aquí. En el polo Sur hay...--calló entonces.
No pregunté más, porque supe que no llegaría a comprenderlo, ni entenderlo sino veía con mis propios ojos lo que había allí.

Capítulo 5
Después de dos días  caminando entre el eterno hielo y saltando entre pequeños icebergs, llegamos a una enorme llanura. Era hermosa, pero había algo en ella que a nadie le gustó. Los esquimales se miraron entre ellos y el jefe, un hombre algo mayor que mi tío, le dijo algo en un extraño idioma.
--¿Qué dice?--pregunté con el seño fruncido.
Mi tío me miró, estaba serio y eso me dio miedo.
--Dicen que a partir de aquí no nos guiaran, que el Polo Sur está demasiado cerca y que no les está permitido avanzar más allá.
Los miré, parecían nerviosos, miré  hacia atrás, no había ni rastro del punto negro que nos seguía.
--Pues pregúntale al menos hacia dónde debemos dirigirnos-- dije a mi tío  mirando a los esquimales.
Entre los dos hombres comenzó un dialogo del cual no entendí nada. Pasaron algunos minutos hasta que mi tío se volvió hacia mí.
--Te vas con ellos Sara, volverás al puerto y saldrás en el primer barco hacia el Cabo de Hornos. Yo avanzaré algo más, cuando los esquimales te hayan puesto a salvo, volverán a por mí, ellos no pueden perderse por estos hielos.
--No, seguiré contigo hasta el final--le dije, no estaba dispuesta a abandonarlo.
Mi tío suspiró, tanto él como yo sabíamos que no iba a cambiar de opinión. Me miró a los ojos y me dijo:
--Es tu última oportunidad de no estar implicada en este asunto. Detrás de aquel iceberg hay algo que la mayoría de los humanos no imaginamos, algo que no llega a nuestro entendimiento, tienes dos opciones, irte a tiempo o asumir las consecuencias.
Entonces no supe de que se trataba, pero no cambié de opinión. Los esquimales acamparon allí, nos esperarían si no había complicaciones, pero teníamos dos días para volver.

Capítulo 6

No descansamos hasta llegar al pie del enorme iceberg, allí, erguido ante nosotros, parecía impenetrable. Pero mi tío buscó algo con las manos. Varios minutos después entrabamos por un túnel natural que había sido tapado por la nieve. Miré el termómetro, la temperatura había subido veinte grados, estábamos a 70 º grados  bajo cero y ahora el termómetro marcaba 50º grados bajo cero, se lo comenté a mi tío.
--Se habrá roto--dijo algo nervioso.
Ni mucho menos el termómetro se había roto, había algo en aquella subida que a mi tío le preocupaba y eso no fue lo único. pronto poco a poco la temperatura fue subiendo, primero a  -20ºC, luego a un grado, y cuanto más nos adentrábamos más y más subía la temperatura, y más nervioso parecía mi tío. Llegó un  momento en el cual tuve que quitarme la primera capa de ropa.
--¿Por qué hace calor?--pregunté mirándolo a los ojos.
Mi tío se paró en seco y clavó sus ojos azules en mí. Aquel hombre desgarbado, con el pelo muy corto y castaño, me miraba con una fuerza extraña en él.
--Debemos seguir Sara, nos persiguen--me dijo con a plomo.
Seguimos caminando, sin decir palabra. Cuando ya solo me quedaba una de las tres capas de ropa, escuché el disparo de aviso. miré mi tío.
--¿Qué ha sido eso?--casi grité, acababa de perder los nervios.
--Ahora no digas nada, echaremos a correr a la de tres--dijo mi tío.
--Una--dije.
--Dos...
--Tres--sonó una voz a nuestra espalda.
Sin pensarlo más veces eché a correr. No miré atrás no pensé en mi tío, en mis padres, en mis hermanos, en lo que podía esperarme allí abajo. Me daba igual lo único que quería era salvar mi vida. Seguí corriendo, nunca supe cuanto tiempo me tiré corriendo a toda velocidad, poco a poco la caverna se iba alumbrando con una extraña luz, además de la  linterna con la que yo apuntaba hacia el frente. Una luz cálida que no podía compararse con la fría luz de la Antártida. Seguí corriendo hacia la luz. Hasta que caí al río.

Capítulo 7

 Cuando desperté, ante mía había una criatura de piel azulada, cabeza alargada y ojos negros como el azabache. Grité tan fuerte como pude.
--No te asustes criatura sin nombre--me dijo, parecía sonreír, pues su boca se arqueó hacia arriba, pero de una extraña manera.
Iba vestida con una simple túnica azul oscuro.
--¿Quién eres?--dije muy asustada, sentía un nudo en el estomago.
La criatura volvió a sonreír, hizo un gesto con una de sus manos, manos normales, de personas. Escuché unos pasos y apareció mi tío a su lado.
--¿No te parece maravillosa?--dijo mi tío señalando a la criatura.
--¿Qué ha pasado?--pregunté, la presencia de mi tío me había relajado.
Sonrió y me dijo:
-- Caíste al río que delimita el Polo Sur con la Cuarta Dimensión. Yo conseguí escapar de aquel hombre, del cual estas criaturas se encargaron. Llevas dormida dos días.
Arrugué el seño.
--¿Y ahora?--pregunté, pues sabía que en cuanto volviéramos a la superficie, si estábamos en otra dimensión como mi tío decía, nos volverían a perseguir.
Mi tío me miró con una triste expresión. Ya sabía lo que iba a decir.
--No podemos volver, Sara. Nos matarían y no puedo dejar que te maten.
La criatura azul, moradora de Cuarta Dimensión me miró y alargó sus extrañas manos azules hacia mí.
--Me llamo Sahiya, soy la gobernante de este mundo subterráneo. Aquí sois bienvenidos.

Cuando salí de la cabaña por primera vez sentí ansiedad al ver el cielo de aquel mundo, un cielo con dos lunas, y al pensar que nunca volvería a ver mi cielo estrellado me eché a llorar. ¿De verdad tendría que vivir allí para siempre? ¿Tendría que convivir con aquellas criaturas? ¿Morir entre ellas?

Después de pasar los primeros quince días deprimida, sin salir apenas de la cabaña que me habían signado y solo sonreír cuando aparecía mi tío y me pedía perdón. Decidí que no podía seguir así.

Una mañana temprano, me vestí con una de las hermosas túnicas que Sahiya me había regalado y salí de la cabaña. Por primera vez sentí que aquellos seres, inteligentes como nosotros, no eran muy diferentes a los humanos, nosotros éramos peores en muchos aspectos. Los niños me saludaban y las mujeres y hombres sonreían al verme, al igual que para nosotros nunca había existido aquel portal hacia otra dimensión, ellos nunca habían viajado a nuestro mundo. Así habían convivido dos mundos durante millones de años. Dos lugares completamente distintos unidos por un portal interdimensional.  Aquel mundo era verde, dondequiera que mirases había árboles, árboles como los nuestros o diferentes, los animales corrían por allí, jugaban con los niños o los ignoraban, no se atacaban entre ellos. Una cosa tenía clara, aquel lugar no había sido corrompido por la maldad humana. Las casas eran simples cabañas de una madera resistente. Miré alrededor feliz por encontrarme en un lugar así y ese fue el primer día desde mi llegada en el que me sentí feliz.

Capítulo 8

Iba sumida en mis pensamientos cuando me choqué contra alguien, caí al suelo de culo.
--Perdón--dije levantándome y sacudiéndome la túnica.
--Ha sido culpa mía--dijo él, era un joven morador de las profundidades como yo los llamaba, alto, fuerte y de ojos verdes en vez de negros, aunque todos parecían iguales no lo eran, me pareció guapo.
--Soy Sara, vengo de...
--Del otro mundo, lo sé, todos aquí te conocemos. Yo soy Valgur--dijo él sonriendo, fue una sonrisa bonita.
Entonces se me pasó una pregunta por la cabeza, una pregunta muy estúpida, más que una pregunta fue una escusa para que no se fuera.
--¿Por aquí llueve? Es que no sé mucho sobre este sitio...--empecé embozando una sonrisa.
Él sonrió.
--¿Si quieres te puedo enseñar lo que sé?
Así empezó una amistad que haría que al final no me sintiera triste por abandonar mi hogar.
                                                                  

                                 Veinte Años Después
Cuando termino mi historia fijo la mirada en los niños, me miran sorprendidos, pero a la vez encantados de que al fin les haya contado mi historia. Mis hijos son especiales, no tienen rasgos de los habitantes del interior ni de los habitantes del exterior, tienen rasgos de ambos. Su piel es color azul claro, sus ojos son marrones como los míos y su cabeza y cuerpo son esbeltos como los de su padre. Me fijo en Valgur que me mira sonriente y en mi tío, ya mayor sentado en un sillón hecho  entre ambos.
--¿Pero mamá no echas de menos a tu familia?
Sonrío, a veces lloro en silencio por ellos, pensando en mis hermanos, en mis padres... Pero cuando contesto lo hago con decisión.
--Tengo a mi familia aquí mismo. A los seres que más quiero.
 Así el secreto de la Cuarta Dimensión quedó oculto.
                                                                    LUCÍA BENÍTEZ LUQUE
                                                                            1º ESO B
    


                        
 1º PREMIO RELATO CORTO (SEGUNDO CICLO)


       LAS MISTERIOSAS PALABRAS EN BLANCO 

16 enero 2006

Sé que ha pasado mucho, demasiado tiempo, querido Miguel, desde la última vez que supiste de mí.
Recibí todas y cada una de tus cartas, ya que, aunque marché de Burela, mi hermano me hizo llegar toda la correspondencia.
Hoy me siento con fuerzas, dejando de un lado esa triste melancolía que he ido arrastrando durante casi diez años, para contarte qué pasó aquella noche; una historia que merece ser contada.

Llovía y hacía frío, pero no ese frío que nos obliga a quedarnos en casa o buscar abrigo, sino un gris espiritual. El pueblo entero congelado, los árboles sin vida; las vistas desde nuestro castillo dijeron adiós a aquellas miradas errantes que escapaban a sus murallas en busca de libertad.
Y es que hacía tres días que se consumió la más antigua reliquia de Burela, la librería de Anna Bruch. Aquel lugar donde algunos se refugiaban; donde otros, simplemente ojeaban viejos lomos; incluso aquellos que con tan solo mirar sus fachada los transportaba a tiempos mejores. A todos, de un modo u otro, nos afectó aquel incendio.


17 de enero 2006

¿Por dónde iba? Ah, sí, la noche del incendio.
Ignorante de la catástrofe oí gritar al teléfono. No pude creer lo que escuchaban mis oídos: ¿incendio? ¿Bruch? ¿librería?
Sin coger abrigo me lancé a la calle. ¿Sabes, Miguel, lo que pudo sentir una persona, cuyo anhelo es el arte de leer y escribir, ver cómo se consumían por el fuego cientos de libros antes sus ojos?
Al día siguiente tan solo quedaban escombros de lo que un día fue mi paraíso, el único que, a mi entender, estaba al alcance de mis manos.

Cuando aquella imagen empezaba a ser demasiado para mí, alcancé a ver un libro en casi perfectas condiciones y como puedes imaginar, querido Miguel, lo rescaté de aquel infierno.


19 de enero 2006


Imagino que te preguntarás si extraño Burela. Y sí. Añoro sus calles, su gente, percibir la mar desde mi ventana en las frías noches de invierno. Todo lo que tenga que ver con vosotros es digno de ser recordado.

Como iba diciendo, Miguel, aquella mañana muy temprano, incluso antes de asomar el sol, me senté ante mi escritorio a ojear al superviviente. Sin embargo, para mi sorpresa, el libro estaba en blanco. Ninguna palabra bordada en él. Lo único legible en aquellas páginas desnudas era: '' para la ingenua Elisa, de Simón Livert, 3 de marzo 1937''.
'¿Simón? ¿Elisa? ¿quiénes son estos dos personajes? ¿serían hermanos? ¿o amantes? - me preguntaba.
Entonces, demasiadas preguntas inundaban mi sesera y ninguna respuesta me daba aliento.
Te juro, Miguel, que nunca sentí mayor intriga que la que me embaucó aquella alborada.
Tú y yo siempre fuimos muy distintos y quizás no entiendas el por qué de mi deseo por saber más sobre aquel misterioso libro.




25 de enero 2006

Los días pasan y el tiempo con ellos. Lamento no ser puntual con la correspondencia.
Seguro que te preguntaste, al igual que yo en su momento, qué hacía un libro en blanco en una librería. Aquella tienda no solo vendía obras, sino que funcionaba como una biblioteca. Cualquier tomo abandonado que algún vecino encontrara o quisiera deshacerse se depositaba allí.
Decidí investigar sobre aquel nombre: Simón Livert . Tres meses estuve detrás de lo que empezó a ser para mí como un suicida que posee arma pero no las balas. Yo tenía un nombre, pero ¿qué es nombre sin cuerpo que lo haga respirar?

Viajé a Viveiro donde entonces se encontraba el archivo histórico. Aquel lugar era literalmente un almacén de documentos custodiado por polvo y arañas.
Como pude imaginar, el señor Livert había muerto algunas décadas atrás, sin embargo, pudieron facilitarme la dirección de su nieta, Julia Livert, que casualmente vivía a las afueras de Burela, no muy lejos de mi casa. Aún cuestiono si fue casualidad o el destino así lo quiso.


7 de febrero 2006

Últimamente el deseo de volver a mi adorada Burela renace otra vez en mí.
No obstante, ahora debo hacerte llegar todas y cada una de mis cartas para que entiendas mi partida.

La tarde en la que fui a visitar a la nieta de Simón era una tarde especial. ¿Nunca has oído, Miguel, que los últimos crepúsculos de noviembre son unos de los más bellos que cualquier lienzo pudiera plasmar? Ninguna mirada podría haberse resistido a aquel ocaso, cuyos colores bailaban al son de las olas y la espuma, y cuya calidez recordaba a un beso.
Cuando llegué a la casa, toqué tímidamente la puerta y una mujer se mostró.
Aquella muchacha era alta y enclenque; de mentón estrecho a conjunto con sus hombros. Pero a pesar de su aspecto enfermizo, algo atraía en ella. Quizás su larga y ceniza melena o puede que sus carnosos labios abrasados por el invierno. Sus novatas arrugas situadas no muy lejos de esas sensuales ojeras que atraían las miradas más celosas de tal singular belleza.

-Buenas noches, ¿es usted Julia Livert, nieta de Simón Livert? - dije atreviéndome al fin a articular palabra.
-Sí, soy yo. Dígame, ¿qué desea? - dijo las voz más dulce que jamás escuché.
-Quisiera hacerle algunas preguntas acerca de Simón.
Entonces esos ojos de color indescriptibles penetraron en mí.
-Oh, qué mal educada, perdone. Pase, por favor.

Lamentablemente, Miguel, no puedo describirte cómo era el inmueble dado que estaba tan eufórica que ya ni sentía mis trémulas piernas.

-Bueno, cuénteme. ¿Qué quiere saber sobre mi abuelo? - proseguimos la conversación.
-Como ya sabe, hace ya casi un año nuestra biblioteca se incendió y fueron pocos o casi ningunos los libros que pudieron salvarse. Sin embargo, yo encontré un libro firmado por su abuelo.
-¿Por mi abuelo?- alzó la voz extrañada.
Entonces se levantó bruscamente del sillón exclamando: '¡Un segundo! Ahora vuelvo'.
Regresó al salón acompañada por una caja polvorienta. Se sentó a mi lado y prosiguió a abrirla.

-Una vez -dijo- ojeé estos trastos. Sin embargo para mi no hay nada que recordar. Mi abuelo murió cuando mi padre apenas tenía tres años. Pero creo que a usted podrá servirle esto -dijo introduciendo su mano en aquel cartón añejo y sacando una carta – .Todos estos años esto ha estado pudriéndose de sótano en sótano y nunca, hasta hoy, alguien se había interesado en ello.
-Quizás deba usted leerlo, Julia. - le aconsejé.
-¿Sabe qué? Se la regalo. Creo que es usted la única persona que se ha preocupado por mi abuelo y debe ser usted quien disfrute de sus recuerdos.


16 de febrero 2006

Me pregunto si estarás preguntándote el final de esta historia. Atento, Miguel. Llega el momento de descubrir quién fue el señor Livert, mi tan amado enigma.

Llegué a casa lo más rápido que pude. Me senté sobre mi cama y abrí aquella carta que así decía:

<< Querida Elisa,

Sé que esta carta le sonará a despedida. Y sí, lo es. Esta tarde me fusilarán con el resto de mis compañeros. Ya sabe, todo el que cavile en este país corre ese gran peligro.
Pero no se preocupe. Ahora hablemos de usted.
Nos conocemos desde hace ya dos abriles, dos años de debates acerca de todo tipo de temas.
A ninguno de los borrachos que viven en la taberna de Pedro les hace gracia que usted, una señorita de su clase, entre en sus dominios. Sin embargo, a mí me encantó verla entrar por aquella puerta, ¿o no deja de ser tenebroso un bosque cuando al fin llega la primavera y el sol baña de luz todas y cada una de sus sombras?
Sin embargo, Elisa, me disgusta dejar este mundo sin haber cumplido la promesa que me hice el día en que la conocí: hacerle ver que debe pensar por sí misma.
De nuestras primeras pláticas saqué la conclusión de que era usted una joven ilusionada, alegre e ingenua. Y aún lo es, señorita. Pensaba que la guerra nunca llegaría, que solo eran rumores y que la política, esa humilde asesina del pueblo, nunca permitiría tal daño. Pero como ve, se equivocaba.
Desde el primer momento supe que, debajo de esa personalidad cándida e inocente, tenía usted alma jacobina. Quiere cambiar lo que ante sus ojos, sin explicación, ocurre.
¿Cuántas veces acabó llorando de impotencia tras yo desbaratar sus flacas soluciones una y otra vez?
Sin embargo, debo confesar que uno de los días más tristes de mi vida fue aquella mañana gris en la que usted, Elisa, insinuó que quizás la guerra fuera algo inevitable, necesaria para solucionar los grandes conflictos.
Quiero, deseo, necesito hacerle saber que no son las armas las que traen consigo la justicia y la paz. Son la pluma y el papel los que cambian el entender de las personas. Pueden ser cientos las personas que mueran batallando pero nunca morirá la idea de paz y de justicia.
Esos son los conceptos que se plasman en los libros, los que luchan contra el tiempo y perduran en nosotros.
Cada obra, una historia, una idea que trasmitir, que puede o no ser la correcta, pero al menos podemos elegir qué libro leer.
Por eso le regalo, Elisa, este cuaderno en blanco para que, cuando el peso de los años encorve su espalda, escriba todo lo que entonces entenderá de la vida.
Crea que la única manera de corregir un desastre no es arrancar las páginas y empezar de nuevo, sino pasar la hoja y escribir recordando que lo pasado no será mejor que lo futuro.
Quizás una obra pueda ser destruida pero será difícil derribar también a las personas que decidieron que esas hojas formarían parte de su vida.
Querida Elisa, escriba, viva y haga sus sentimientos inmortales.
3 de marzo, 1937 >>

16 de Febrero 2006

A pesar de todo lo que aquella carta me desveló, ese vacío que vivía en mí desde la noche del incendio no consiguió curarse. Estuve días hablando sin decir, estando sin estar, caminando sin rumbo. No conseguía pensar en nada que no fuera en el por qué aquella increíble nota nunca llegó a manos de Elisa.


20 de Febrero 2006

Miguel, ¿qué te ha parecido esta historia? ¿Crees que ya no queda nada por contar?

Una semana después decidí dar un paseo por el Perdouro. Aquel día la mar estaba en calma, tanto que se me antojaba dormida. Eran las seis y media de la tarde aproximadamente cuando el sol empezó a huir hacia el horizonte. Aquella estampa de colores que se reflejaban en el agua embaucó mis pupilas, ¿cómo dos colores tan distintos como el añil y el carmesí podían entonar tan preciosa canción, tal shakesperiana escena?
Entonces quise que esa imagen tan perfecta ante mis ojos durara eternamente. Y fue en ese preciso
instante, Miguel, cuando descubrí quiénes eran Simón y Elisa, y cuál era mi papel en aquella obra.
Hace ya diez años que ando escribiendo, bagando por todo el mundo e impregnándome de culturas y paisajes para poder algún día llevar a cabo su deseo y bordar con palabras aquellas nevadas páginas.

Sé que estarás preguntándote '¿merece la pena estar lejos de tu hogar por complacer a alguien que ni siquiera conocías?'
Y yo te contesto que no fui yo quién ayudó al difunto, fue él quién me salvó a mí e hizo darme cuenta que merece la pena hacer lo que te apasiona, en mi caso escribir, para que así, cuando ni tú ni yo podamos fundirnos con otro atardecer, alguien decida convertirme en parte de su vida leyendo mis obras.
Siempre me pregunto cómo lo que, en un principio, supuso para mí una catástrofe como el incendio de la librería Anna Burch acabó convirtiéndose en el impulso que me metió de lleno en el arte de componer, investigar y hacer de algo mi gran virtud.

Ahora llueve y en cada lágrima que cae veo a Burela y te veo a ti, Miguel. Sé que pronto volveré y cuando regrese tú y mi ciudad os sentiréis orgullosos de mí.


                                                                                                                  LUZ MÁRQUEZ MARÍN
                                                                                                                     2º BACHILLERATO B


















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